/ Sep 24, 2026
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El desafío hoy en día no es que los jóvenes anden en la calle…, sino que no salen de su casa.
Por mucho tiempo nos preocupó que las nuevas generaciones estuvieran expuestas a situaciones de vulnerabilidad, como la violencia, el acceso a las drogas u otros vicios que ofrecían los lugares públicos. Así fue en México, particularmente en las dos primeras décadas del siglo.
El problema que se está encontrando ahora es que los jóvenes se recluyen en su habitación y no se despegan de las pantallas, su única conexión con el exterior.
Hace unos días tuve la fortuna de volver a platicar con Guido Savall, director general de Scholas México, un proyecto educativo que tiene su origen en una iniciativa de paz del Papa Francisco cuando todavía era Arzobispo de Buenos Aires y que Argentina pasaba por una profunda crisis económica.
La filosofía de esta iniciativa es generar una cultura del encuentro, que derribe barreras sociales con el fin de construir el bien común. Es decir, que la educación se proyecte hacia los otros, y no solo en favor de quien estudia.
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Guido nos recuerda que el reto es lograr que el joven conecte consigo mismo y con su comunidad, pero no a través de las pantallas. “Nosotros queremos hablar de conexión humana”, dice.
Es bastante habitual encontrar a jóvenes que están sólos, en su casa, que prefieren más un “like” que un abrazo, que ser escuchados o escuchar.
Claro que hay una razón para todo ello. La realidad ha sido avasallante. En México, por ejemplo, se disparó la inseguridad, el tráfico de drogas y las crisis económicas. Ante esas necesidades, no había adultos en casa que cuidaran de los hijos.
Los padres se vieron en la necesidad de dejar a los menores de edad entretenidos con las nuevas aplicaciones, con el afán de protegerlos. Les pedíamos no salir de casa, pero los dejamos cuatro, cinco horas o más frente al ordenador o el celular.
Las plataformas son muy homogéneas, estandarizan gustos y la forma de consumir, lo cual ha eliminado la creatividad y la habilidad social de relacionarnos.
“Estamos encontrando jóvenes con miedo, que ven al otro como una amenaza; que no generan iniciativas, negocios, cooperación, vínculos políticos o preguntas sobre el bien común y, por el contrario, tienen el deseo de riqueza, incluso si hay que pasar por encima del otro”, advierte Guido.
Ello deriva irremediablemente en la frustración, en la soledad, la ansiedad y los problemas de salud mental que tienen muchísimos de nuestros jóvenes; que en lugar de recurrir por ayuda con sus padres, hermanos o docentes, están utilizando la inteligencia artificial. Sin duda el problema obliga a replantear la misión de las instituciones educativas.
Tanto Guido como yo creemos que las instituciones educativas tenemos que generar los espacios para replantear nuestra misión.
¿Cómo hacer la educación lo más humana y real posible para que ayude al educando a descubrirse a sí mismo en todo su potencial, en vez de generar una educación artificial y robótica que siga algoritmos pensados por y para otros?
Tenemos que recuperar la educación como un espacio humano donde se propicie la reflexión, discernimiento y la acción, y no un lugar que se limita a compartir indiscriminadamente información.
La educación, dice Guido, se genera a través de preguntas y dudas, y no con la rapidez de las respuestas, como nos las da la inteligencia artificial.
Se construye con esfuerzos y a través de las dificultades, de caer y levantarse. Incluye discernimiento, análisis crítico y silencios. De libertad humana que se está viendo comprometidas por las órdenes que recibimos de la IA.
Me da mucho gusto tener una alianza con Scholas México que nos ha permitido llevar estas reflexiones a siete de 20 planteles que tenemos en Universidad Insurgentes, y tomar acciones.
“En la educación sabemos que las prohibiciones, rara vez conducen a buen puerto. Por eso queremos hoy hacer el camino inverso: salir del celular e ir hacia eso que descubrimos que nos apasiona, nos hace bien y nos hace crecer como personas y en comunidad. Necesitamos proponer a los jóvenes algo mejor que lo que ofrece un algoritmo, algo que atraiga por sí mismo, como un abrazo, una mirada a los ojos, una palabra de aliento”, propone.
Se trata de abrir espacios, como pregonó el Papa Francisco en su pontificado. Los directores de las instituciones educativas debemos dar acceso a las aulas, canchas deportivas, u otro tipo de espacio, para que los jóvenes se encuentren, formando clubes o grupos enfocados en sus propios intereses.
Recuperar el arte, el juego, el pensamiento como camino educativo, aprovechando la tecnología, pero sin depender solo de ella.
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Es volver a encontrarse, abriendo no sólo las puertas del edificio, sino del corazón. No hay que tener miedo de salir del celular, debemos encontrarnos con el otro, hablar, jugar, compartir con él.
Todos tenemos algo valioso que dar, y las universidades y docentes tenemos una gran responsabilidad en ese compartir. Un futuro bonito es posible, dice Guido, vaya que así lo creo, y tiene razón.
La pregunta que nos debemos hacer es que ahora, cuando finalmente está de moda el quitar celulares a los jóvenes y limitar su acceso a redes sociales; ahora que están enganchados, ¿qué les vamos a dar a cambio?
Yo creo que la conexión humana es una gran alternativa, y por eso estamos con Scholas.
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Author: Ricardo Phillips