Cuando fallamos como sociedad

La violencia juvenil ha dejado de ser un fenómeno aislado, como solía ser en nuestro país, para convertirse en una señal de alarma que no podemos ignorar. 

Los retos virales en los que se atenta contra la integridad propia o de alguien más, las amenazas de bomba en los colegios, las advertencias de agresiones a profesores y compañeros de escuela en redes sociales, los casos de menores de edad que asesinan a padres o educadores ante límites impuestos y los hechos que conocemos todos los días por medio de las noticias, nos revelan una realidad inquietante. 

Y es que estamos frente a una crisis profunda, producto de diversos factores muy complejos que han generado un deterioro significativo en el tejido social y que develan un grave problema de salud mental no atendido.  

Cuando fallamos como sociedad
Cuando fallamos como sociedad. Imagen: Unsplash

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La falta de educación emocional, la poca tolerancia a la frustración, la exposición constante a la violencia, el uso desmedido de redes sociales, la cultura de la inmediatez, el acceso temprano a contenidos impactantes y desfavorables en internet, el refuerzo social-digital para aquellos que quieren ser protagonistas no importando los motivos, las familias fragmentadas y la exposición repetida a entornos precarios que incrementan la vulnerabilidad, son solo algunas de las causas que se vienen a la mente, sin embargo, aún la suma de todo esto parece ofrecer una visión limitada y reduccionista de la situación. 

Tales hechos no pueden entenderse de manera individual, sino colectiva y, por tanto, nos lleva a reflexionar sobre el deterioro psicológico que se ha estado gestando desde la infancia y que no hemos sido capaces de identificar o detener. 

Nos lleva a preguntarnos: ¿promovemos ambientes saludables en los niños y adolescentes?, ¿estamos formando generaciones con un desarrollo emocional por lo menos suficiente?, ¿ponemos límites asertivos que permitan que en el futuro los jóvenes toleren un “no” por respuesta?, ¿hemos abierto los canales de comunicación pertinentes para escuchar el malestar que se ha originado en niños y jóvenes?, ¿sancionamos conductas de rechazo o agresión a los adolescentes incluso si parecen tan inofensivos como “funar” a alguien o no reaccionamos porque el desinterés se ha apoderado de nosotros?, ¿hemos sido capaces de reconocer las señales de alerta a tiempo y hemos intervenido en consecuencia? 

Cuando fallamos como sociedad
Cuando fallamos como sociedad. Imagen: Unsplash

En términos de redes sociales: ¿limitamos el tiempo de exposición para nuestros hijos?, ¿supervisamos el contenido al que acceden? Y sobre todo, ¿implementamos mecanismos para que la violencia no se normalice, y, menos aún, se convierta en un espectáculo?, ¿somos conscientes de que la violencia nos afecta a todos, pero especialmente daña los cerebros de los jóvenes que aún se encuentran en desarrollo?, ¿acompañamos a nuestros hijos y/o nuestros alumnos en el uso crítico de la tecnología?, ¿intervenimos y brindamos nuestro apoyo cuando se requiere?

En muchas ocasiones no es necesario ser ejecutor de violencia para ser parte del mecanismo que le da continuidad. Basta con ser espectadores, con no responder, con ver pasar las cosas con indiferencia y con pensar que mientras no nos pase a nosotros no tenemos por qué intervenir. Si queremos tener una mejor sociedad, más justa, íntegra y armónica, tenemos que trabajar en ella desde el seno de nuestras familias.

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Debemos entender que la educación socioemocional no es un lujo, sino una necesidad urgente y que, en sincronía con eso, padres y maestros debemos asumir un rol activo y consciente en la construcción de entornos seguros en donde las relaciones interpersonales estén fundamentadas en la comunicación y en la confianza. 

Por otro lado, ampliar el acceso a los servicios de salud mental desde edades tempranas es indispensable. Esto no solo se refiere a la mayor disponibilidad de atención por parte de psicólogos o psiquiatras, sino también a la disminución del estigma social que impide que las personas pidan ayuda. 

Finalmente, debemos reconstruir el tejido social, pues la indiferencia es terreno fértil para la violencia. Fomentar espacios de participación e inclusión puede ser una herramienta poderosa de prevención. En suma, reconocer cómo hemos fallado como sociedad es el primer paso; el siguiente es actuar. 

Construir oportunidades: una responsabilidad compartida

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Author: Erika Benítez Camacho

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