El valor educativo del error: ¿y si equivocarse fuera una buena noticia?

¿Qué pasaría si le dijera que uno de los mayores obstáculos para aprender no es equivocarse, sino creer que equivocarse significa fracasar? La pregunta es incómoda, porque desde temprana edad asociamos el error con una respuesta incorrecta, una calificación baja, una llamada de atención o una sensación de vergüenza. En muchos espacios educativos, equivocarse todavía se vive como una señal de falta de capacidad, cuando en realidad puede ser una experiencia fértil para aprender.

El error suele ser visto con recelo porque solemos mirar solo el resultado y no el proceso que lo produjo. Vemos la respuesta equivocada, pero no siempre observamos el razonamiento que llevó a ella; señalamos la falla, pero pocas veces preguntamos qué intentó hacer el estudiante, qué comprendió, qué confundió y qué puede descubrir a partir de esa dificultad. Así, el error deja de ser una oportunidad de comprensión y se convierte en motivo de juicio. El problema no está en equivocarse, sino en no aprender a mirarlo pedagógicamente.

En la vida cotidiana nadie aprende sin equivocarse. Aprender implica ensayar, corregir, ajustar y volver a intentar. Sin embargo, cuando se trata de la escuela, con frecuencia esperamos trayectorias perfectas, respuestas rápidas y desempeños seguros. Como si aprender pudiera ocurrir sin tropiezos; como si pensar, resolver, crear o convivir no exigieran intentos sucesivos, ajustes y nuevas oportunidades.

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En una cultura que valora la rapidez, la perfección y el éxito visible, los estudiantes prefieren no participar antes que dar una respuesta incorrecta. Otros abandonan una tarea cuando no logran resolverla de inmediato. Algunos interpretan la dificultad como prueba de que “no son buenos” para una materia, cuando en realidad están frente a un desafío que podría fortalecer su aprendizaje. En estos casos, el error no solo afecta el desempeño; también toca la confianza, la motivación y la manera en que cada estudiante se percibe.

Bandura (1997) explicó que la autoeficacia, es decir, la creencia en la propia capacidad para enfrentar desafíos se construye en buena medida a partir de experiencias de dominio. Fortalecemos nuestra confianza cuando descubrimos que podemos superar dificultades mediante el esfuerzo y la perseverancia. Desde esta perspectiva, evitar todo error no necesariamente protege a los estudiantes; en ocasiones, les impide experimentar que son capaces de enfrentar problemas, reorientar el rumbo y volver a intentarlo.

Enseñar no consiste únicamente en corregir lo que está “mal”, sino en ayudar a comprender por qué ocurrió. Foto: Pexels
Enseñar no consiste únicamente en corregir lo que está “mal”, sino en ayudar a comprender por qué ocurrió. Foto: Pexels

Por eso, el papel de los docentes es fundamental. Enseñar no consiste únicamente en corregir lo que está “mal”, sino en ayudar a comprender por qué ocurrió, qué revela sobre el pensamiento y cómo puede convertirse en un punto de partida. Un docente que acompaña el error no baja la exigencia; al contrario, la vuelve formativa. Crea condiciones para que el estudiante se atreva a pensar, argumentar, preguntar, perseverar sin sentir que cada equivocación define su valor o capacidad.

Las familias también cumplen un papel decisivo. Es comprensible que madres y padres quieran evitar que sus hijos sufran, se frustren o fracasen. Pero resolver constantemente sus problemas, justificar cada tropiezo o impedir que enfrenten las consecuencias de sus decisiones puede debilitar su autonomía. Acompañar no significa hacer el camino por ellos; significa estar presentes mientras aprenden a recorrerlo. Educar también implica ayudarles a comprender que equivocarse no los hace menos capaces, sino más conscientes de lo que necesitan fortalecer.

Las instituciones educativas, por su parte, tienen la responsabilidad de construir culturas donde el error no sea sinónimo de fracaso. Si toda la atención se coloca en calificaciones, rankings o resultados inmediatos, comunicamos que fallar es inaceptable. En cambio, cuando se valora la retroalimentación, la mejora continua y el aprendizaje profundo, el error se convierte en parte legítima del proceso formativo. Allí se abre espacio para la creatividad, la innovación y el pensamiento crítico.

Esto no significa celebrar la improvisación ni conformarse con cualquier resultado. Significa reconocer que una educación rigurosa no elimina el error, sino que enseña a trabajar con él. Hay errores que muestran falta de estudio, otros revelan confusión, otros abren preguntas y algunos permiten descubrir caminos no considerados. La clave está en aprender a distinguirlos, analizarlos y transformarlos en aprendizaje.

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Quizá necesitamos cambiar la pregunta. En lugar de preguntar cuántos errores cometió un estudiante, podríamos preguntarnos qué hizo con ellos. Si los ocultó por miedo, si los repitió sin comprenderlos o si aprendió a mirarlos como parte de su proceso. Porque la vida no ofrecerá siempre respuestas correctas ni caminos sin riesgo. La vida exigirá decidir, corregir, recomenzar y perseverar.

Tal vez el verdadero valor educativo del error no esté en equivocarse, sino en descubrir que una equivocación bien acompañada puede convertirse en confianza, criterio y crecimiento. Entonces, si el error puede enseñarnos tanto sobre cómo aprendemos, pensamos y nos levantamos, ¿por qué no dejar de verlo como una amenaza y empezar a aprovecharlo como una oportunidad?

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Author: Susana Memun Zaga

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