/ Apr 28, 2026
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El siguiente texto es obra de Julia Jiménez Labora Huerta, estudiante de la licenciatura en Comunicación de la Universidad Panamericana, y fue elegido como el relato ganador del Séptimo Premio de Periodismo de Comunicación UP en la categoría de Crónica, celebrado el 5 de marzo.
Este galardón distingue trabajos que, desde el ámbito universitario, trascienden la narración informativa para construir historias con profundidad, sensibilidad y rigor, capaces de capturar momentos significativos con una mirada propia.
En “Hielo en llamas: La Revolución de México en Casa”, la autora reconstruye una noche decisiva para el hockey sobre hielo mexicano, pero también ofrece una lectura más amplia sobre la identidad, el esfuerzo colectivo y la posibilidad de romper inercias desde espacios inesperados.
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Aquí está el texto íntegro:
Por un instante, el mundo se detuvo. El tiempo se congeló, como la superficie pulida bajo los patines. En el Lakeside Rink de Juriquilla, en Querétaro, el aire cargaba la tensión de una historia improbable. La noche del 3 de mayo de 2025 no era una noche cualquiera, era la final del Mundial de Hockey sobre Hielo División III Grupo B. Y contra todo pronóstico, México estaba allí y se enfrentaría a la selección de DPK Korea.
Aquí, donde el hockey es eco lejano en “tierra caliente”, en el Lakeside Rink, algo cambiaba. Las gradas, generalmente ajenas al frío, ardían con calor patriótico. Familias con caras pintadas y banderas animaban con porras, haciendo vibrar la pista. Hielo y fuego en corazones: una noche de contrastes viscerales.
La historia no había sido amable con la selección mexicana. Después de años de mantenerse como el único combinado latinoamericano clasificado en la Federación Internacional de Hockey sobre Hielo (IIHF, por sus siglas en inglés), dos descensos consecutivos en 2023 y 2024 los habían llevado, por primera vez, a la División III B. Esta final en casa era más que un partido, era una oportunidad de redención, de demostrar que el sueño de un hockey mexicano no respetaba el clima ni las estadísticas.
Al frente de esta cruzada estaba Héctor Majul, el capitán, que se movía sobre el hielo con una determinación palpable. Era el líder, no solo con palabras en el vestidor, sino con la contundencia de sus 15 goles. Llegaría a ser el máximo anotador del torneo, lo que habla de su olfato goleador y de su capacidad para estar siempre en el lugar correcto.
Mientras que en el arco estaba Alfonso de Alba, de 40 años y un currículo que suma más de 20 mundiales: “El año pasado los entrenadores me contactaron para pedirme que regresara”, comenta de Alba.“ Les dije que mientras existiera un buen proyecto y el equipo estuviera bien entrenado, lo haría con mucho gusto”. Su presencia ofrecía una sabiduría inquebrantable, forjada a través de años defendiendo los colores nacionales.
De Alba recuerda aquella final de 2005 en la Pista de Lomas Verdes, donde, con apenas 20 años, guió a México a otro campeonato de División III en casa, recibiendo solo dos goles en cuatro partidos. En este torneo de 2025 volvió a brillar, permitiendo apenas 10 anotaciones en cinco encuentros. Una actuación que le valdría ser reconocido como el Mejor Guardameta del campeonato.
La mezcla era fascinante: veteranos como De Alba y Fernando Ugarte, ambos superando los 40, aportando su temple; Majul, la figura consolidada y líder; y la savia nueva representada por jugadores como Gonzalo Hagerman y Jack Rullán, quienes comenzaban a asumir roles protagónicos. Hagerman, en particular, traía consigo una historia de sacrificio. Se había retirado del hockey internacional hacía tres años para concentrarse completamente en sus estudios de Medicina.
Su regreso para este mundial en casa implicó una serie de trámites, como la autorización de su universidad y del hospital donde realiza su internado para poder ausentarse dos semanas de clases.
La incertidumbre se mantuvo hasta el último momento, no le avisaron que podría jugar hasta un día antes de viajar a Querétaro. Esa espera, esa lucha por estar allí, se tradujo en una inspiración que lo acompañó en la pista.
Jack Rullán, por su parte, disputaba su cuarto mundial con la selección mayor. Él ya había experimentado en el pasado ser el capitán en un mundial sub-20, también celebrado en Querétaro.
La integración del grupo, con jugadores de diferentes edades y posiciones uniéndose por un fin común, fue señalada como un factor clave para el triunfo. “Se sentía la preparación y confianza que teníamos al estar en el hielo”, mencionó Rullán. “Ver a tus familiares y a tus amigos, te motiva de sobremanera”.
Luis Valencia, apodado “el arquitecto invisible” por su alto coeficiente intelectual en el hockey y su capacidad para crear jugadas de forma instantánea, fue también un pilar fundamental por la manera en que lideró el ataque. Sus 12 asistencias en el torneo no eran meros pases, eran pinceladas que abrían un nuevo universo frente al arco rival.
Y junto a él, Ángel Tapia, con sus 8 goles, actuaba como un puñal ofensivo constante, con un radar innato para encontrar el lugar preciso en el momento justo. En los instantes de mayor tensión, cuando el público contenía el aliento colectivo, un grito de gol de Tapia era lo que devolvía la respiración a las gradas.
La gran final prometía un duelo parejo contra Corea del Norte. El equipo asiático llegaba a este último partido con la etiqueta de invicto, con la fama de tener una defensa casi impenetrable. La expectativa flotaba en el aire dentro de Lakeside Rink, en un ambiente denso. Pero bastaron apenas cinco minutos para que México rompiera el cerrojo.
Majul, con esa mirada encendida que lo caracteriza, abrió el marcador. Fue un chispazo en el hielo, el rugido inicial que desataría una tempestad. Poco después, Enrique Samperio amplió la ventaja, seguido por otro gol de Majul, cerrando el primer periodo con un contundente 3-0.
Desde ese primer gol, el partido se convirtió en una demostración de hockey total por parte de México. Cada pase de Valencia, cada corrida de Majul o Tapia, cada intervención de la defensa liderada por Rullán y Hagerman, cada atajada de De Alba, parecía parte de una coreografía ensayada con furia y alegría.
En el segundo periodo, Brandon Méndez sumó un gol más, ampliando la ventaja y consolidando el dominio mexicano. Aunque Corea del Norte reaccionó gracias al gol de Kum Song Kim que les devolvía una pizca de esperanza, la respuesta mexicana no tardó ni un instante.
Fue un contraataque fulminante, una avalancha tricolor demoledora que no solo apagó cualquier intento de remontada del equipo coreano, sino que reafirmó con fuerza quién mandaba en la pista.
Majul anotó su tercer gol de la final, demostrando por qué es el mejor delantero del torneo. Luego vino el turno de Ángel Tapia, quien encontró el camino a la red en dos ocasiones, desatando la euforia en las tribunas. Finalmente, Gonzalo Hagerman, el estudiante de Medicina de la Universidad Panamericana que luchó para estar en la pista, tuvo la satisfacción de anotar el último gol mexicano del torneo, sellando la paliza de 9-2.
Cada gol era un grito que reventaba el techo del Lakeside Rink. Las jugadas se sucedían con una intensidad que mantenía al público al borde de sus asientos, golpeando el vidrio de la pista de la emoción. En la banca, las líneas que no estaban en el hielo no dejaban de gritar, aplaudir y chiflar, contagiados por la energía que irradiaba la pista.
En las gradas, un grupo de niños pequeños gritó “GOOOL” y se abrazaron con emoción. Uno de ellos miraba al capitán de la selección con los ojos llenos de admiración. Pedían autógrafos, viendo en esos jugadores a héroes que estaban escribiendo una página inesperada en la historia deportiva del país.
Corea del Norte fue testigo, y víctima, de una fiesta tricolor que no respetó historias y estadísticas previas.
Y entonces, llegó el final. El reloj marcó cero. El puck, ese pequeño disco que había dictado el ritmo de los últimos sesenta minutos, se detuvo. Por un segundo, el ruido se detuvo. Un silencio expectante lo cubrió todo. Y entonces, la locura estalló. No fue una celebración medida, fue una explosión de emoción contenida. Jugadores tiraron guantes y cascos al aire, se arrojaron al hielo en un caos de abrazos, la piel helada de la pista como testigo de su júbilo.
Se abrazaban con una mezcla de furia y lágrimas, la alegría del triunfo liberando la tensión acumulada de semanas de preparación y la presión de jugar en casa. En medio del caos, Héctor Majul abrazó a sus compañeros y besó el escudo de México en su pecho, y rompió en llanto. Eran lágrimas de alivio, de orgullo, de victoria. Una imagen para la eternidad del deporte mexicano.
Con la voz quebrada por la emoción, Majul alzó con orgullo el trofeo. Rodeado por todos sus compañeros, ese grupo que había encontrado la unidad perfecta en la pista de hielo: “Este triunfo es para México, para todos los que creen en que este deporte puede crecer aquí”.
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México no sólo había ganado un torneo, había sembrado una esperanza profunda para este deporte. La victoria en casa significaba que el hockey sobre hielo no era algo extraño en esta “tierra caliente”, que los sueños deportivos pueden florecer más allá de las condiciones climáticas o las frías estadísticas. Significaba un regreso. Este campeonato les otorgó el ascenso a la División III A en el mundial de 2026, obteniendo el lugar 40 en la clasificación de la IIHF.
Los nombres de Majul, Valencia, Tapia, De Alba, Rullán, Hagerman y tantos otros, ya no son solo nombres en una alineación, están inscritos en la memoria colectiva del deporte nacional. Lo logrado ese día en Querétaro, en ese rincón de México donde el hielo se encontró con el fuego de la pasión, no fue una simple anécdota pasajera. Fue, y se sintió como, una revolución silenciosa, gestada por valientes sobre la superficie inesperada de una pista congelada.
Y así, entre cánticos de victoria, los patines sobre el hielo y las lágrimas sinceras de los campeones, México escribió la historia más improbable. Una historia que comenzó con el frío punzante de una pista de hockey, pero que terminó, gloriosamente, en llamas.
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Author: Israel Rivera